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Tobalina

En estos últimos meses una serie de acontecimientos me ha llevado a echar la vista atrás sobre mi pasado profesional como periodista. Una trayectoria en la que no me arrepiento de nada salvo de una cosa: de no haber escrito un artículo hace nueve años. Entonces trabajaba en el periódico Europa Sur y fallecía el compañero José Luis Tobalina. Fueron muchas las firmas que recordaron su persona esos días. Yo redacté mentalmente lo que significaba para mí, pero no lo plasmé en el papel. Tobalina dejó huella y me acuerdo de él a menudo. Ya es hora de que ese artículo vea la luz.

Tobalina me marcó como periodista. Tuve la suerte de compartir de forma muy estrecha con él su última etapa en el oficio. Entonces nos repartíamos la coordinación de las secciones de Algeciras, Comarca, Marítimas y Cultura. Fueron infinidad de cierres juntos, de cigarrillos en la calle Muro y de confesiones de madrugada. Sirvan tres episodios que viví junto a él en esa redacción para intentar reflejar su grandeza como persona y como periodista.

José Luis Tobalina. / europasur.es

Creo que fue en mi segundo verano de prácticas en Europa Sur y empezaba a desenvolverme con cierta soltura en el oficio. Estaba en la sección de Marítimas y el día había ido bien. Serían las nueve y media de la noche y había acabado todas las páginas. Pensé que esa noche podría cenar a la hora del resto de los mortales y tomarme unas tapas. Con esa feliz idea le entregué a José Luis mi última página. Le echó un vistazo, me dio el ok y me dispuse a apagar el ordenador. Al instante vi que me hacía una señal para que me acercara mientras colgaba el teléfono. Fui hacía él y me soltó impertérrito: "Acaba de hundirse un barco en Jimena. Empieza a hacer llamadas". Un escalofrío recorrió mi cuerpo en pleno agosto. Apenas entendí que se trataba de un naufragio y sudoroso regresé a mi escritorio a buscar la agenda. Adiós a las tapas, pensé. Y adiós al trabajo hecho ese día. Tocaba levantar la sección. Sólo habían pasado unos segundos, para mí eternos, cuando levanté la mirada y vi a Tobalina mirándome con una sonrisa burlona. Qué cabronazo, me dije. Me la había metido doblada. ¡Un barco hundido en Jimena! Me levanté y me fui a tomar esas tapas. Nadie se enteró. Quedó entre nosotros. Me acababa de demostrar lo pardillo que seguía siendo en esto del periodismo y lo mucho que me quedaba por aprender.

Años después, ya formando yo parte de la plantilla, y en esa etapa en la que pude trabajar con él codo con codo, nos tocó una de esas noches largas. Una de tantas. No sé si fue la dimisión de un alcalde, una crisis de gobierno o no sé qué. Pero, esta vez sí, tocaba levantar todas nuestras secciones y empezar casi de nuevo el periódico tras una pila de horas trabajando. Ya se habían ido casi todos los redactores y me entraron los nervios. Empecé a maldecir. Tobalina, mientras, me observaba en silencio. Dejó que me desahogara. Luego, con esa calma que siempre admiré, me dijo: "Rubén, tranquilízate, el periódico siempre sale y hoy también va a salir". Me mandó fuera a que me fumara un cigarro y, cuando regresé, nos pusimos manos a la obra con la ayuda de más compañeros. Ese día Tobalina me infundió confianza y me enseñó cómo actuar ante la infinidad de situaciones extremas que me iba a encontrar en un periódico.    

La tercera experiencia que os quiero contar sucedió una mañana, poco antes de que a José Luis le diagnosticaran la enfermedad que nos lo arrebató tan rápido. En vez de con un "buenos días", me recibió con un tajante: "La competencia nos ha metido un gol". Me enseñó entonces la portada de El Faro, que abría con una noticia que no llevábamos nosotros. Me explicó que se trataba de un teletipo que había entrado tarde y no lo habíamos visto. Es decir, un fallo nuestro. Me dijo que no me preocupara, y que me pusiera a la faena. Al rato llegó el director y con el portazo que pegó al cerrar el despacho ya nos estaba dejando claro lo que se avecinaba. No había ni encendido el ordenador cuando ya nos estaba llamando al despacho. No nos habíamos sentado cuando ya nos había tirado El Faro y empezado a pegarnos gritos. Cuando nos dejó hablar, Tobalina asumió toda la responsabilidad. Le dijo que él era el redactor jefe, y que era su culpa. De poco sirvió. El director no estaba dispuesto a ahorrarme la bronca, pero ya poco me importó. Tobalina acababa de darme una lección de valentía y de cómo ejercer un puesto de responsabilidad, dando la cara y sin escudarse en los subordinados.

Anécdotas del día a día en un periódico en el que compartí oficio con José Luis Tobalina. En aquel noviembre de 2008 no me atreví a escribir este artículo. Ahora, de nuevo, me acuerdo de él y saldo la deuda. 

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